A la vuelta de…..aquel congreso.

Nunca llegué a saber cual era el origen de determinados impulsos que vine soportando desde la más tierna infancia, hasta que aquel, no se si desgraciado accidente, vino a situarme en los mas absolutos principios de la realidad.

Recuerdo que a mi regreso de Ullan Bator, cuando la vieja locomotora heredada de los favores que los zares tuvieron a bien cedernos, viajaba con destino a Pekín, apenas tenía 5 años, las canciones de mis compañeros comenzaron a ser acompañadas por el ritmo cadencioso del tambor. La imagen de aquella mujer con sus largas faldas y sus pantorrillas enfundadas en las botas de fieltro sujetando el tambor, mientras lo golpeaba con ambas manos, sacando de sus entrañas ritmos desconocidos para mí, fueron el inicio de mi afición por la percusión. Después al comenzar en la escuela se me brindó la oportunidad de dedicarme a este, para mi más noble instrumento.

Mis comienzos fueron progresivos, primero la pandereta pequeña, después dos palos, siguieron los tiempos del cuchillo y la mesa, a los que progresivamente añadí el vaso, el plato y la botella de mi tutor, hasta alcanzar la pandereta grande.

Al comenzar los estudios medios, se me ofrecieron dos cajas y un bombo, pero mi gran coordinación de movimientos, el gran sentido del ritmo y un oído musical muy desarrollado en la imitación del canto de los pájaros, me facilitaron el progreso. Con 13 años era capaz de controlar con soltura un complejo entramado de cajas, platos, bombos y tambores. En la hora de la comida el tutor me permitía utilizar dos cuchillos, tres platos, dos saleros, la botella y la jarra de agua.

Vinieron mas tarde las largas horas de estudio de música que imponía la escuela de bellas artes y oficios. Con 19 años al finalizar los estudios, me concedieron una beca de estudios para ampliar mis capacidades en Tokio.

Duros tiempos los de los comienzos, primero como botillero-recadista de cabaret, para tan solo permitirme describir mis habilidades con las manos en alguna mesa de la sala. Poco a poco se me fue conociendo en el medio como Pikxy el mamporrero, poco importa el nombre con tal de que hablen de uno, aunque nunca supe si era por los mamporros o como Pikxy el “man porro”, por ser el encargado de suministrar determinados vapores a las trabajadoras y a ciertos cofrades, en cualquier caso daba igual, si perseguía la fama.

Pronto tendría la primera oportunidad de mi vida. Fue un mes de febrero cuando un grupo de artistas venidos de un país llamado España, hacían una gira por Japón, me enteré por una trabajadora que actuarían en el local, así que sin perder tiempo me dirigí al gerente del local, el señor Pin, que ante mi ofrecimiento de “¡para lo que sea!”, comenzó a referirme que utilizaban instrumentos desconocidos y que por lo tanto imaginaba que venían con todo lo necesario. Entristecido salí de su oficina. La suerte me favoreció con sus brisas, cuando la víspera del debut uno de sus músicos cayó enfermo, afectado de una extraña enfermedad que según dijeron se debía a la ingestión de surimi, hoy se que también se conoce como “la maldición de Moktezuma”, que debió ser algún extranjero que lo pasó muy mal, son cosas muy raras porque a mi el surimi siempre me sienta bien. Pensé que la suerte me había elegido cuando Pin me solicitó que me pusiera al servicio de los españoles “para lo que necesitaran”, sin reparar en esfuerzos y siempre pensando en salvar el espectáculo.

Instalado en el grupo artístico me indicaron que tocaría un instrumento llamado “palillos”, se colocaba sujeto del pulgar de cada mano y debía hacerlo replicar al ritmo de la música de guitarras, parar cuando con todas sus fuerzas se dedican a dar con los tacones contra el suelo, a un ritmo que quería imitar el trote de los caballos. El espectáculo resultaba hermoso y de características desconocidas para mi, lo que me excitaba hasta enloquecer. Debía sustituir a un especialista de tez morena, pelo ensortijado, ojos negros, espalda estrecha, cintura fina y culo prieto, con unas ropas negras cuya camisa se desabrochaba hasta el comienzo del estomago, mientras dejaba aflorar su espesa pelambrera del pecho, mi tipología de piernas arqueadas, cadera ancha, cargado de hombros, sin pelo en el tronco, y una piel cérea, no eran el mayor problema, sino esos ojos redondos y negros que él tenía, frente a los míos pequeños y alargados. El problema crecía porque los artistas no veían la posibilidad de encajarme en el número, incluso me propusieron que hiciera sonar los palillos desde detrás del escenario.

Mientras pensaba, ¿cómo sabría el público que yo tocaba los palillos? ¿y mi fama?, se me ocurrió proponer que si lo importante era el instrumento, podría aparecer en escena con un sombrero redondo, del que pendiera un velo negro a juego con el traje y que me tapara la cara, la idea fue aceptada no sin alguna crítica. El siguiente problema, una vez controlada la técnica y la puesta en escena, fue el movimiento de los brazos, según el traductor me sugería fuera como el vuelo de las palomas o de golondrinas, pero no pude pasar de imitar la caza de moscas volantes, por lo que se decidió que permaneciera estático con las manos sobre la cabeza y tan solo entre números podría bajarlas para descansar.

El estreno resultó un poco caótico, nunca entenderé porque durante los ensayos me decían Pikxy ahora, y en la función me llamaban “¡Olé mi arma!”, me llevó un cierto tiempo y alguna bronca entender la entrada. Después de cuatro funciones, viendo que Moktezuma no abandonaba al compañero me propusieron seguir la gira con ellos, cosa que además de aceptar, agradecí.

De estas maneras fueron mis comienzos, hasta que un cofrade que pasó por el cabaret me ofreció participar como suplente en una compañía de las que en el medio se conocen como de “parcheados”, pero me ofrecía la posibilidad de entrar en el mercado.

Pasé de los grupos de rock de taberna, a los grupos folklóricos, toqué desde punk hasta valses, bodas y bautizos. El siguiente nivel, casi la gloria me pareció; las verbenas en los parques, después grupos de progresivo prestigio.

Hoy a mis 45 puedo decir que soy el señor de la percusión, he tocado con Emerson, Lake and Palmer, con Lou Reed, Joe Cocker, The Corrs y tantos y tanto otros. Tengo un contrato millonario que me asegura el presente y futuro por lo menos de tres de mis generaciones con la Osny, en la que me encargo de modificar a mi antojo la percusión de todos sus artistas.

Parece que he alcanzado el máximo nivel de incompetencia, que la felicidad es mi compañera, pero ¡no es así!, todo el mundo me sigue conociendo por “Pikxy el mamporrero” y sigo sin saber exactamente a lo que se refiere “mamporrero”, de Pikxy ni hablamos.

Quisiera que todos me reconocieran por el nacido en el espacio entre la China continental y Mongolia, el perteneciente al clan “To”, de la honrada familia “Kasí”, que eligió por nombre As (rayo de luna) y el identificativoLimpiao”.

Mi nombre suena categórico: ¡AS LIMPIAO KASI TO!

Pues bien poseo mi propio estudio, donde hago mis arreglos y aquí remito el documento que así lo acredita y todo esto se lo dedico a los “pandereteros”.


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