¿Un esguince cervical y su maruja?

A mediados de los 80, cayeron por mi pueblo dos jovenzuelos que alquilaron un piso.

Serían como las 8 de la noche de un mes de invierno cuando vinieron a buscarme, siempre de forma urgente.

En la sala del piso alquilado yacía uno de los jóvenes, el otro había desaparecido.

En tal situación procede levantar el cadáver llamando a las autoridades. Los primeros que se personaron fueron los números de la Benemérita al mando de un teniente, listo como el hambre.

Al rato apareció la juez de instrucción.

Una vez concluidos los trámites se procedió a llamar a la funeraria.

Disponiéndonos en el portal me dice la juez: ” …por cierto, el forense está de vacaciones, así que usted hará la autopsia mañana!.”

A lo que respondí: ¿Quién yooo!!? ( lo que pasó por mi cabeza es mejor que no lo sepa nadie, la realidad siempre supera a la ficción)

Me pasé la noche repasando los apuntes de legal y recordando mis días en el quirófano.

El material con el que contaba se reducía a un bisturí, unas tijeras, algunas jeringas, sus agujas y un par de pinzas.

Para completar el material decidí llamar a mis vecinos colegas e invitarles al “sarao”, ambos se prestaron gustosos.

Así que como a las 4 de la tarde, con el estómago lleno y en un local del cementerio ¡que había que verlo!, a la luz de una única bombilla de sesenta watios, procedimos.

Comenzamos por el tórax para tomar las muestras del pulmón, extraer el líquido en sístole del corazón, una muestra cardiaca, para seguir con el líquido estomacal, los riñones y la vejiga. Todo según marcaban los apuntes de Legal.

Mientras dos procedíamos el tercero anotaba el desarrollo del proceso de forma meticulosa “lunar en zona submamaria izda, escoriación en tercio inferior……”
Todas las muestra fueron introducidas en los correspondientes botes de cristal, de los que se usan para embotar conservas caseras y que había comprado en el “erogki” correspondiente, perfectamente etiquetados para enviarlos al Instituto de Toxicología.

Llegada la hora de cerrar y quedando las cosa bien, aprecié que faltaba la rigidez en el cuello.

¿Y esto?.

¡Va déjalo! decía uno.

¡No jodas hay que mirarlo! decía el otro.

Pues ya puestos vamos a por ello. Añadí.

Diseccionamos la zona cervical con cuidado para detectar hematomas, no había nada, ni signos de golpe, ni lesiones de ningún tipo, pero al llegar a la C4 la encontramos bailona. Consideramos que se trataba de un esguince cervical secundario al desplome.

Recogimos y me dirigí a la comisaría de la Benemérita con mis frascos en sus bolsas del “erogki“, como la maruja mayor del reino, serían cerca de las 10 de una noche fría, oscura y lluviosa.

Pobre desgraciado, toparse con un inútil como yo para que le toque de “forense”, pensé.

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