¿……Pero donde están!!!!!

Deleitense con esta joya de THMA.

(usen el link de txoriherri medical association)

De narices

Siguiendo en el ámbito de la Etnopsiquiatría, y más precisamente, en el subconti­nente indio, nos encontramos con un nuevo síntoma psiquiátrico, la Asneezia[7] o in­capaci­dad de estornudar. Este curioso término se construye con “a” (prefijo pri­vativo) y “sneeze”, que es la palabra inglesa para el estornudo. Parece que dr Schuckla, el clínico que ha aislado este síntoma, no ha podido encontrar el término griego o latino para estornudo y ha optado por una solución, inicial­mente provisional, que resulta tan heterodoxa como difícil de traducir al castellano (¿anestornudia?)[8]. La asneezia es un síntoma, y como tal corresponde a una vivencia y una queja subjetiva del paciente. El dr Shuckla explica acertadamente que este síntoma debía individualizarse obliga­toriamente en India, ya que es costumbre allí esnifar tabaco refinado para provocar estornudos. Igualmen­te, en la tradición médica india te­nía un gran valor el estornu­do, y con el fin de restable­cer el equili­brio de los humores se aplicaban cocciones de hierbas para aflojar la flema y permitir su expulsión por vía na­sal, a través del estornudo.

Según el Dr Schuckla, la asneezia se da especialmente en la esquizo­frenia (37.8% de los pa­cien­tes) y en la Depresión Endógena (­43.4%); en esta última entidad, además, la aso­ciación con la asneezia es significativa. En una aportación posterior[9] se hace hin­capié en la marcada prevalencia de la asneezia en la depresión endógena (especialmente la involu­tiva) y se especifica que el síntoma desaparece al remitir el cuadro en cuyo marco se presenta. Igualmente, se señala la especial prevalencia de la llamada “Tríada asneezica”, en la que la asneezia se acompaña de inexistencia de catarros y de sensación de mareo.

Con todo, parece que existen evidencias que apuntan que el interesarse por la función esturnudativa del paciente tiene su intríngulis. Como recuerda el dr Shuckla, el paciente esquizo­frénico no suele tener alergias por inhalación y por lo tanto apenas es­tornuda, “incluso en la estación de la fiebre del heno”. Este dato nos llevaría a inferir, en pleno arrebato psicobiologicista, que algo debe pasar con la hista­mina de estos pacientes. Pues bien, así es: En los pacientes esquizofrénicos se ha docu­mentado en los episodios agudos una disminución de la histamina sérica, que regresa a valores normales con el tratamiento neuroléptico. El dr Shuckla recoge al efecto un cu­rioso experimento llevado a cabo por otros dos autores para evaluar el reflejo de es­tornu­do de los pacientes esquizofrénicos[10]. Para ello utilizaron un potente estornudador (una sustancia provocadora de estornu­dos), contenido en una botellita que se abría en las propias narices de los pacientes. El experimento, desgracia­damente, hubo de sus­pender­se por incompa­ti­bilidad entre su diseño y los investigadores, que no podían evitar estor­nudar cuando entre­abrían la botella a una distancia del largo de sus bra­zos. Eso sí, los pacientes seguían sin estor­nudar, lo que en cierto modo confirmaba la hipó­tesis.

Siguiendo con la nariz, los drs Jefferson y Thompson, sugieren la existencia de un nuevo trastorno, la Rinotiloexomania, o hábito de meterse el dedo en la nariz[11]. En su introducción estos autores nos recuerdan que algunas conductas que en su día no fueron consideradas más que hábitos inadecuados y groseros, como la tricotilomanía o la onicofagia, han merecido con el paso del tiempo la categoría de síntomas –o incluso trastornos- psiquiátricos. En esta línea sugieren que las prospecciones nasales, aunque no suelen pasar de ser una práctica benigna (a common benign practice), podrían ser a veces un problema psiquiátrico, por ocupar excesivo tiempo, dar lugar a situaciones socialmente comprometedoras o generar problemas físicos secundarios.

Así, presentan los resultados de un cuestionario desarrollado al efecto que remitieron a 1000 ciudadanos de su comunidad elegidos al azar. De los 254 sujetos que lo respondieron un 91% acostumbraba a meterse el dedo en la nariz en la época en que se pasó el cuestionario, pero sólo el 75% tenía la impresión de que se trata de un hábito generalizado. Un 1.2% se metía el dedo en la nariz al menos una vez cada hora; dos sujetos invertían entre 15 y 30 minutos cada día en estas tareas, lo que no es nada comparado con las dos horas diarias que entregaba a tales menesteres otro sujeto. Dos personas llegaron a producirse perforaciones del tabique. Entre las conductas asociadas destacan el arrancarse padrastros (25%), pellizcarse granos (20%), morderse las uñas (18%) y arrancarse el pelo (6%). Otros datos de interés: el dedo más utilizado para llevar a cabo esta tarea era el índice (65.1%), seguido del meñique (20.2%) y el pulgar (16.4%). Una vez extraído el trofeo, la mayor parte de los sujetos acostumbraba a examinarlo antes de emplastarlo en un pañuelo (90.3%), tirarlo al suelo (28.6%), pegarlo a algún mueble (7.6%) o, simplemente, comerlo (8.0%).

La conclusión es que en algunos sujetos (los autores aportan algunas “viñetas clínicas”) esta conducta llega a representar un serio problema, que merecería la consideración de entidad psiquiátrica (rinotiloexomania). Al parecer, los demás, no alcanzamos la categoría de enfermos y nos quedamos en la de guarros. Eso sí: parece que somos legión (91% de la población).

Si hablamos de la nariz, no nos queda más remedio que considerar, aunque sea por un momento, los olores. Y es que el olor que desprende cada individuo parece ser un factor importante para explicar la susceptibilidad a picaduras de mosquitos. Al parecer, los sujetos cuyas glándulas apocrinas inguinales producen cantidades importantes de L-lactato resultan irresistibles para el Aedes Aegypti. El lactato en sí mismo no es suficiente, ya que se requiere la participación del dióxido de carbono. Existen además otros factores de riesgo para los picotazos, como el tamaño corporal, el sexo masculino, la edad (los mosquitos prefieren los adultos a los niños), el movimiento y los colores oscuros. Por lo tanto, un varón adulto, grande, productor de lactato, que haga footing (movimiento, CO2) embutido en un chandal oscuro, se encuentra en máximo riesgo de acribillamiento[12]. Este es, sin duda, un más que concluyente argumento contra el deporte compulsivo.

Sin embargo, una aportación[13] matiza notablemente este retrato robot de la víctima ideal de los mosquitos. El dr Knols explica que al menos en el caso del Anopheles Gambiae, conocido vector del paludismo, el olor más atractivo procede de los pies. De hecho, el autor y unos colaboradores han conseguido atraer al mosquito utilizando como cebo queso Limburger que, según explica, despide un olor que recuerda poderosamente al que emana de los pies. El motivo de esta similitud odorífera parece residir en que las hendiduras interdigitales de los pies suelen estar colonizadas por una bacteria, Brevibacterium epidermidis que resulta ser un pariente cercano del Brevibacterium Linens, que a su vez es la que interviene en la producción del queso en cuestión. La aplicación práctica de este hallazgo es clara: El propio autor sugiere la utilización de trampas que utilicen como cebo el queso, como se ha hecho toda la vida para atrapar ratones.

Por supuesto, la Psiquiatría no puede por menos de extraer fecundas conclusiones del mundo de los olores; faltaría más. Un distinguido miembro fundador del CINP[14] recuerda cómo en las épocas en que se estilaba hacer experimentos con LSD los sujetos que recibían esta droga despedían un olor que recordaba al de los pacientes esquizofrénicos en brote agudo. Señala también que un paciente con catatonía periódica despedía en sus periodos catatónicos un olor muy desagradable que sólo se podía eliminar de las manos de quienes le tocaban utilizando alcohol. Surgió así en su mente la posibilidad de diagnosticar esquizofrenia “nasalmente” (esto es, utilizando la nariz y no “por narices”, como se ha hecho en alguna ocasión). Con la ayuda de especialistas del Instituto de Aromas y Fragancias de Hilversum pudo aislar hasta tres o cuatro grupos de sustancias malolientes en el sudor de pacientes esquizofrénicos. De ellas sólo pudo identificarse una, el escatol, derivado indólico que permite -cómo no- establecer el correspondiente vínculo neuroquímico, ya que puede provenir tanto de la línea de la fenil-alanina como del metabolismo de la inevitable serotonina. Un detalle especial para los amantes de los juegos de palabras en general: el autor en cuestión se llama Cornelis H Van Rhyn Y no es una excepción. No son raros los casos de los científicos cuyo nombre suena de una forma que recuerda inevitablemente a su campo de acción. En el idioma inglés existe un término de raíz griega, no recogido en el de la Real Academia, pero que resulta muy conveniente para este caso. Su traducción al castellano sería aptrónimo, y se define como un nombre (o apellido) que se corresponde con la profesión o carácter de la persona en cuestión. Un ejemplo: un epidemiólogo preocupado por la lucha antitabaco que se llama Smoak (se lee como smoke: humo o fumar)[15]. Y otro, relacionado con la nariz y psiquiatría: el de la neurólogo Barbara Talamo, que publicó varios trabajos sobre el diagnóstico de enfermedad de Alzheimer a partir del estudio histológico de la mucosa nasal[16].

No me digan que no les echan de menos.

¡¡¡Pero donde están!!!!

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