¡La última trampa alguno pagará!

Corren tiempos en los que el realismo mágico ha dado paso al romanticismo mágico.
Entiendo por romanticismo la melancolía por los tiempos pasados y mágico cuando este, lejos de la realidad, se mantiene a base de conceptos mágicos, que hacen hincapié en elementos parciales sobredimensionados, con lo que pierden gran parte de sus valor.
Esta corriente toma un amplio impacto en la medicina del primer nivel, la llamada de familia y comunitaria.
Repasar el concepto de la muerte puede resultar un ejercicio muy beneficioso, frente a quienes defienden y argumentan que lo propio es que ocurra casi siempre en el domicilio, sin aclarar en que domicilio, la tozuda realidad les repite incansablemente, que esto es muy difícil y excepcional.

Recuerdo cuando en mi infancia lo más probable es que el óbito ocurriera en el domicilio o por accidente, ya que en los 50 y 60 eran muy pocos los que se podían permitir el lujo de hacerlo en una institución sanitaria.
Con frecuencia nos sorprendía jugando en la calle el paso de un cortejo fúnebre, que encabezado por un coche con coronas de flores era seguido, por un sacerdote y su monaguillo, tras el que circulaba la familia, los parientes, los amigos y los que quisieran acompañarles, todo lo que ocurría a su vista se detenía a su paso y nosotros, además de arrodillarnos, nos santiguábamos.
Para esto antes se había instalado una mesa con su mantel negro que soportaba un cuaderno y su bolígrafo, en la que los allegados apuntaban el pésame y los datos necesarios para identificarse, a fin de que la familia respondiera a posteriori a su condolencia.
Esta descripción nos aproxima a los momentos finales del difunto en el domicilio, una familia dolorida por el acontecimiento debía en principio contratar los servicios sacerdotales para la “extremaunción”, los funerarios, la caja, el embalsamamiento, adecentar y vestir al difunto para sus visitas, con o sin pañuelo que impidiera la boca abierta, de esta manera ya estaba el difunto cómodamente instalado en su habitación, para recibir el “¡que guapo/a está!”, hasta el momento de partir hacia la iglesia para el funeral de cuerpo presente. Además aunque la funeraria se encarga de todo esto convine recordar que se debe contratar o acordar con el enterrador el donde y el como reposará el finado si lo hará en el panteón propio o prestado, en un nicho o será incinerado, la esquela y su redacción, si se publicará en el o los periódicos, etc y en el que acuerdo familiar debía ser cuidadosamente conseguido, a través de rutinarias y repetidas consultas entre los que llevan años sin hablarse, a fin de evitar males mayores.
Funerales los hay y los hubo de primera, segunda o tercera, pero nadie próximo se atrevería a no contratar lo mejor de lo posible para el “querido” finado, como si por serlo dejara uno de ser una “pieza” como las hay y las hubo y de planificar también con cuidado la conducción al cementerio.
Ese día la familia además debía suministrar comida, merienda, cena, bebida y café para todos aquellos que se acercaran a dar el último adiós al difunto, de la misma manera que esa noche nadie en el domicilio tendría muy claro si sería respetada o no su cama y su sueño, en muchos casos de alivio.
Ya con 16 años en un pueblo de Castellón y por el fallecimiento de un ser querido tuve que organizar un sepelio que incluyó la contratación de un coro de plañideras, que con todo y su teatro eran lo menos costoso del sepelio, la caja, con o sin forro, los materiales, vuelta al primera, segunda…., las flores, el cura, la iglesia y vuelta al primera, segunda…., pero el denominador común siempre era la gran pérdida y lo mucho que querían al finado.

Un año más tarde fallecía mi abuela en mi casa y hubo que trasladarle como viva a su domicilio, esto que fue frecuente hace años forma parte de la “España cañí”. Conozco el caso de un fallecido en un viaje a Lourdes (Francia) al que se le trasladó a su domicilio en un taxi, sentado entre dos familiares para que no se cayera y pasara la frontera como “dormido”, nadie ha descrito lo que se hizo para vencer su rigor mortis y meterlo en la caja una vez que llegó a su domicilio.
Pasó el tiempo y las conducciones de los féretros ya no se hacen (dicen que los coches, el tráfico), tampoco, salvo en raras ocasiones, se ven las mesitas en los portales (dicen que son estrechas, demasiado peatón, molesta a los vecinos), como máxima expresión de un óbito una esquela en el portal nos anuncia el acontecimiento. Hemos mejorado, ya no es necesario trasladar muertos por vivos, pagando el canon en cada municipio por el que se pase, en caso de confesar que está muerto y además dotarlo de la correspondiente caja blindada.
Leía en Salamanca, en una exposición que estaban preparando en su biblioteca, que “para el año 2.000 una de cada 2 personas viviría en una urbe”. Entiendo por esto muchas cosas que incluyen la distribución espacial de 4 elementos de una familia en 70 metros cuadrados y que ronda los 17 metros por persona, que en buenas circunstancias está rodeada de 10 vecinos o muchos más, a los que en su mayoría se conoce poco o nada.

En épocas de necesidad suelen ser necesarios algunos metros para el abuelo/a o el tío soltero de la madre o cualquier otro inquilino al que se quiera dar acogida. Por lo general el espacio es compartido en la cama supletoria de la habitación de un hijo/a y en estas circunstancias suelen acontecer los eventos que indican que el final se acerca, la complicación principal es la asociación del evento con la falta de claridad en el testamento, que suele estar matizado por el habitual chantaje de “para el que me cuide”.
Entre lo que vale un sepelio, el lugar en que me deja frente al resto de la familia y el me van a venir todos a casa, la opción es clara, “¡a mi no se me muere en casa!” y el floreciente negocio de los tanatorios ha venido a dar solución a algo realmente complicado.
En cifras un sepelio medio no viene a salir por menos de 3.000 euros (entre 12.000 y 15.000 pesos argentinos)
Lo mas complicado de morirse es hacerlo en casa y aunque estoy seguro por deseo de que quiero morirme en casa, no lo tengo nada claro, aunque mi última trampa alguno la pagará.

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