Anécdota atribuida a Abú Alí ibn Sina, Avicena.

Alí reconoció, en aquel que acababa de hablarle, a el-Hosayn ibn Zayla, un zoroástrico, natural de Ispahán, uno de sus más atentos alumnos, que sentía por él gran admiración. Era un parsi, uno de los adeptos a la religión que enseñó Zaratustra, y que siempre se negaría a convertirse al Islam.
-Muy bien. Comenzaremos por un caso que me es muy querido.

Invitó al grupito que le aguardaba respetuosamente a que le siguiera. Si Ibn Zayla tenía cuatro años más que su maestro, alguno de sus compañeros que aspiraba a la licenciatura, superaba la cuarentena.
Se desplazaron rápidamente hasta la cabecera del enfermo elegido por el jeque: se trataba de un muchacho de unos diez años, con el rostro muy pálido, que dormía.

-Escuchad atentamente. Yo mismo examiné a este niño anteayer. Los signos que presenta son estos: intensa fiebre, confusión mental, la respiración es rápida e irregular. He podido observar convulsiones localizadas y generalizadas. El sueño es agitado, acompañado por alucinaciones. El enfermo lanza gritos y no puede soportar la luz. ¿Puede alguien de entre vosotros sugerirme un diagnostico?

En recogido silencio, los estudiantes se habían agrupado, espontáneamente, en un semicírculo alrededor de la cama.

Uno de los candidatos el de más edad, comenzó con voz vacilante:
-Jeque el-rais, me parece que estos síntomas permiten suponer una parálisis facial.

-¿Conoces, realmente, los signos anunciadores de una parálisis facial?

-Hun…los que acabas de citar jeque el rais: convulsiones localizadas y generalizadas y…..

-¿Has comprobado si el niño sufría trastornos de la sensibilidad? ¿Tiene caído el parpado inferior? ¿Has advertido aumento de la saliva? ¿Tiene lacia la piel de la mejilla?

-Yo….me parece que….

-¡Contesta! ¿Has advertido estos síntomas?

-No, jeque el rais. Pero…

-Entonces te equivocas, hermano mío. ¡Estás confundiendo el camello con el alcohol!

El hombre inclinó la cabeza ante las burlonas miradas de los compañeros.

-Bueno-prosiguió Ibn Sina-. ¿Hay alguien capaz de proponer un diagnóstico sobre el caso de este niño?

-¿Sufre tal vez una fiebre eruptiva?-arriesgó un muchacho de rasgos redondeados, con un collarín de rala barba del color de la pez.

-Es una confusión perdonable. Pues en algunas de estas enfermedades, aparecen también violentos dolores de cabeza y un sueño inquieto acompañado de fiebre. Pero, si fuera así, los ojos del niño estarían rojos y lacrimosos, tendría la respiración dificultosa y ronca la voz. Síntomas que yo no he mencionado. Por otra parte….

-Ya sé que tiene-interrumpió de pronto Zulficar, el hombre que momentos antes había sugerido una parálisis facial.

Ibn Sina dio una brusca media vuelta y clavó sus negros ojos en los del impetuoso alumno.
-Te escucho, hermano mío.

-¡Una tisis!

-Está bien. Es excelente incluso. No cabe duda de que posees sentido de la adivinación. Es un don admirable.

Una satisfecha sonrisa iluminó el rostro del hombre, que hinchó el pecho con satisfacción.

-Un don admirable-prosiguió Ibn Sina-, pero perfectamente inútil para la ciencia perfecta que es la medicina. Un médico no es un vidente ni un alquimista. ¡Es un sabio!

Casi había gritado las últimas palabras, conmoviendo al mismo tiempo los rasgos de su alumno.

-¿Qué hechizo te permite percibir una inflamación de la pleura que haya llegado al pulmón? ¡Eres un asno, hermano mío! ¡Un verdadero asno!

Al borde del desmayo, el estudiante quincuagenario se replegó sobre sí mismo como una hoja rozada por la llama. Tomó bruscamente la mano de Ibn Sina e intentó besarla.

-Ten compasión, ten compasión, jeque el-rais, es preciso que logre la licenciatura. Tengo que alimentar a una mujer y seis hijos.

Alí retrocedió, sorprendido, y meditó antes da afirmar:
-De acuerdo serás médico. Pero solo médico de tu familia y con la promesa formal de no recetarles nunca más que agua de azahar.

De la misma manera hoy, hay mucho “mancebo” de médico, que, atribuyendose méritos de representación, se atreve a considerar el cuarto año, de los residentes de familia, como “de repaso”.
Será que son asnos, y no se pueden dedicar más que ha recetar agua de azahar a sus familiares.
Quién de esta manera desprecia formación y trabajo, tanto del residente como del tutor, no merece más que mi desprecio.


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3 respuestas a Anécdota atribuida a Abú Alí ibn Sina, Avicena.

  1. Dr F dijo:

    De acuerdo con la anécdota, Avicena era el House de la época…

  2. Desde la semergen menosprecian el cuarto año de la especialidad de medicina de familia.Osakidetza menosprecia el MIR de familia no contándolo como tiempo trabajado ni en OPEs ni en la carrera profesional.Después de toda la caña que nos metieron en la residencia….

  3. bea dijo:

    lei la misma historia en un libro que se llama EL MEDICO….así como otro caso de un paciente que se negaba a recibir comida y debilitaba día a día….Interrogado por Ibn Sina, descubrió que era originario de una tierra donde la alimentación era completamente distinta que en Persia…Cuando ordenó que le suministraran dátiles que era la base de la alimentación del paciente, éste los ingirió de buena gana….Un pequeño aporte para algunos médicos que han despersonalizado la profesión y solo piensan en dividendos…por lo menos en mi país.

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