El poder terapéutico de la palabra escrita

El poder terapéutico de la palabra escrita
“Permite revelar zonas del psiquismo que no surgen con la verbalización”, afirma el doctor Héctor Fiorini
Sábado 1 de octubre de 2005 | Publicado en la Edición impresa
Primero fue la llamada “cura por la palabra”, inaugurada a fines del siglo XIX por una paciente histérica del neurólogo Joseph Breuer, que bautizó con el término “deshollinar” a su necesidad de hablar sobre los traumas que la enfermaban: como polvo sucio que obturaba su mente, el trauma se reducía a nada al convertirse en palabras que arrastraban el mal fuera de su cuerpo.

Hoy, a nadie se le escapa el poder terapéutico de la palabra. Convivir en silencio con las experiencias personales, especialmente las traumáticas, enferma. Hablar sobre ellas alivia y libera. Pero, ¿cura?

La palabra es una válvula de escape. Pero esta descarga no siempre tiene un efecto terapéutico. En una psicoterapia, la palabra es dicha en el contexto de un tratamiento, es dirigida a otro, un terapeuta que opera sobre esa palabra, la interpreta, le da nuevos significados. ¿La palabra escrita esconde el mismo potencial terapéutico?

El IV Congreso Mundial de Psicoterapias realizado en Buenos Aires dedicó un espacio al tema. Allí expuso el doctor Héctor Fiorini, profesor titular de la Facultad de Psicología de la UBA, que comenta: “La palabra escrita y la palabra hablada se complementan. Hablar sobre lo vivido a veces tiene un carácter difuso, que la escritura detiene y le da forma. En la psicoterapia psicoanalítica, una de las tareas centrales es desarrollar en cada paciente un observador crítico que despliegue un proceso de trabajo sobre sí, los otros y los mundos que constituyen la trama de su vida. Para eso usamos, además de la palabra hablada, otros lenguajes que otorguen expresión más plena a la experiencia psíquica. Así, la palabra escrita se convierte en un instrumento capaz de revelar zonas del psiquismo que no surgen con la verbalización”.

Fiorini rescata las palabras de una paciente que presentaba dificultades para retener lo hablado: “Escribir me organiza, es más fácil leer un pensamiento en el papel que leerlo en la cabeza, es una especie de cable a tierra”, decía. Además, conservar los escritos y releerlos tiempo después permite “introducir la historicidad en el proceso terapéutico con el valor adicional de habilitar otra plataforma de observación”.

Esta apertura a otras miradas también puede surgir con la lectura de una obra literaria, que a veces es recomendada dentro del contexto terapéutico. El lector se identifica con los protagonistas de ese drama que es ajeno, pero tiene aspectos propios, como si se viera a sí mismo en los personajes de la obra; esta distancia le permite observarse desde afuera, ver otras zonas de sí mismo y abrir nuevas puertas a su percepción.

La literatura se construye desde lo que Fiorini define como “psiquismo creador”: el autor se despega de la realidad para crear nuevos mundos; en este sentido, su rol se amalgama con el del psicoterapeuta, que busca caminos alternativos para transformar aquellas situaciones cristalizadas y aparentemente inamovibles que enferman y producen sufrimiento. La creación literaria y la psicoterapia despliegan nuevos universos.

El cuento terapéutico se instala en esa intersección entre literatura y psicoterapia. Mónica Bruder, autora del libro El cuento y los afectos (Ed. Galerna), afirma que “el cuento es una metáfora que mediante un lenguaje simbólico permite conectarnos con lo más íntimo de nosotros”.

Esto lo convierte en una vía privilegiada de expresión, con potencial efecto terapéutico: cuando se trata de expresar situaciones que dejaron una huella traumática, se puede transformar en un instrumento reparador.

“En el cuento se presenta una situación conflictiva que finalmente se resuelve. Si esta resolución es tomada como una oportunidad de vida que permite construir un final feliz o positivo, facilita la resolución simbólica de la situación traumática”, asegura. El cuento terapéutico, que cualquiera puede escribir, es una oportunidad de recrear una situación dolorosa y resolverla positivamente.

“La creación implica vida, crecimiento, movimiento, libertad. Escribir un cuento terapéutico es la posibilidad de recrear la situación dolorosa, desandarla y resolverla positivamente para recuperar el bienestar.”

Enviado por Alfredo Zurita, honorable argentino de Corrientes y recogido de La Nación.


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