Cuentan las crónicas y relato curricular

Hace ya algún tiempo, cuando el servicio militar era obligatorio y las levas se reclutaban contra las voluntades, un mozo oriundo del medio rural, de carácter retraído, fue destinado a tierras lejanas, al llegar al campamento, un grupo de soldados ya organizados, decidieron que el “casero” se dedicara al servicio del grupo. Nuestro hombre soportó en silencio el peso de la “responsabilidad” y así ejerció de camarero, limpiabotas, taquillero y otros oficios para los que le consideraron útil.

Al final se hizo con el afecto de los compañeros por la calidad de su carácter.

Cumplido el tiempo, llegó el día de licenciarse y por fin deshacerse de la carga, como última broma en la despedida le regalaron una prenda interior, él como respuesta  exclamó: “Lo que nunca sabréis es las veces que me he meado en el café”.

No se cuanto de verdad contiene esta historia recogida en las crónicas populares del medio rural.

Siempre he tenido la debilidad por los dulces, así que será fácil comprender que siendo de Bilbao mi bocado favorito fueran los bollos de mantequilla. En el año 1965, con 13 años uno no disponía de los posibles para llevárselos a la boca con la asiduidad que hubiera desado, razón por la cual todos los días  después de cenar me preparaba un magnífico sucedáneo que consistía en un pedazo de pan, en cuyo interior extendía cuidadosamente una generosa capa de mantequilla, sobre la que espolvoreaba azúcar, cubría todo ello con dos onzas de chocolate con leche finamente troceado y homogéneamente distribuido para que la mezcla de sabores fuera uniforme a lo largo de la ingestión del sabroso bocadillo, finalmente lo envolvía en el pedazo de papel que pillaba. “¡Voila!”, ya estaba preparado el bocadillo para el recreo del día siguiente.

Ya en clase una mano negra, que nunca atrapé, se encargaba de hacer desaparecer el bocadillo, he de reconocer al entorno su habilidad a pesar de mi vigilancia y su generosidad por devolverme uno o dos bocados a la hora del recreo.

Estos hechos, que se prolongaron durante meses, colmaron mi paciencia y me hicieron rozar la desesperación. No era cuestión de acudir a solicitar socorro de ninguna sotana represiva, ni de dirigirme al resto de colegas en busca de solidaridad, ni de inmolarme de forma victimista, ¡se trataba de cazarlos!.

Una tarde de vuelta a casa, tomé la decisión. Recogí mis excrementos sólidos en un orinal, corte el pan y con una navaja vieja la extendí como si fuera mantequilla, para evitar el olor dejé el producto aireándose en la ventana, por la mañana lo envolví y camino al Cole.

Deposité el “bocadillo” donde siempre y esperé, transcurrido el tiempo vi a tres compañeros levantarse de sus pupitres con el espinazo doblado, una mano en la boca y la otra en el estomago e invadidos por la nausea, desfilar hacia los wáteres.

Ya siempre disfruté de mi bocadillo sucedáneo de bollo de mantequilla.

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